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ESCUELA ESPAÑOLA (23/09/2004)

Rebelión en las aulas
BLANCA GARCÍA OLMOS

Durante mis bien merecidas vacaciones, que los docentes bien ganadas las tenemos, he vuelto a ver la película protagonizada por Sidney Poitier "Rebelión en las aulas". Cuando la vi por primera vez, allá por los años no sé qué (entonces era jovencita y, para más INRI, estudiante), me moló un pegote. ¡Qué bonita! ¡Y qué irreal! En aquellos tiempos, parecía imposible que los alumnos se comportaran de una forma tan grosera con los profesores en particular, y que fueran tan cabestros en general. ¡Cosas de yanquis!, pensábamos todos.

Vista ahora, con unos pocos años más, en la situación educativa actual y dedicada a la cada vez más dura tarea de la docencia, la demagogia que destila me ha atacado los nervios. ¡Qué fácil se arregla todo en las películas! Ya no me parece tan alejada de la realidad y a este paso llegaremos no tardando mucho. Y todo gracias a las estúpidas teorías psico-pedagógicas que nos han impuesto con la LOGSE y a la tendencia de la UE a tratar a los alumnos como "clientes" y anteponer las cuestiones económicas a las humanas. Acabarán sabiendo poner tornillos de maravilla, pero lo que es pensar y comportarse . . .

Y digo yo: con la tradición cultural que teníamos en la vieja Europa ¿cómo nos hemos dejado colar este gol? Será lo del movimiento pendular: hemos pasado de un extremo al otro. Desde "la letra con sangre entra", y los chicos aprendían a base de sopapos, a "pobrecitos niños, no hay que reprimirlos", y, cómo no, los niños se dedican a toda suerte de perversidades; niños que, por otra parte, tienen todos ya pelos en las axilas.

El caso es que, como una siempre está no sólo enseñando, sino también aprendiendo (lo que es la deformación profesional), me fijé en cómo se las arreglaba el buen hombre para meter en cintura a esos angelitos, por si acaso me daba alguna idea práctica.

Muy buena fue esa de decirles muy seriamente que los iba a tratar como a adultos responsables (a unas pobres criaturitas que, por cierto, no bajaba ninguna de los veinte años). Pues le funcionó. Lo que ya no sé es si en un grupo de tercero de la ESO, un suponer, cuando están todos martirizando sus sufridas cuerdas vocales y, de paso, los oídos ajenos, dará algún resultado decirles con mi vocecilla atiplada la antedicha frase. Quizá no surta el mismo efecto. También fue efectivo contarles sus penas: lo de que había fregado platos, lavado coches, etc. etc. para ganarse la vida. Lo intentaré, pero no creo que contarles que en mi casa friego platos, vasos, incluso cazuelas y sartenes, les motive especialmente. ¡Y la música! La música de fondo era esencial para poner en situación a los chicos. Pero en los institutos no tenemos. Quizá fue menos sutil eso de dar un cate a un alumno en la clase de boxeo. Yo ahí no tengo nada que hacer. Soy una tirillas. Y encima se me cae el pelo si se me ocurre algo semejante.

En otro momento, para convencer a las chicas, les dice que les va a enseñar a ayudar a sus madres en la compra. ¡Vaya, vaya! Tan modernos para unas cosas y tan retrasaditos para otras. ¡Ese machismo! Les da clase de cocina, de gimnasia, creo que hasta de matemáticas ¡qué joya de hombre! Siendo ingeniero, ya podrá. Me hizo mucha gracia que hablaran de "Ciencias Domésticas". Me sugirió algunas asignaturas: La Ciencia del Punto de Cruz, la de la Plancha, la de Freír Muslos de Pollo. En fin, hay que ver la de ciencias que les deben de enseñar. Luego dicen que las letras están de capa caída. ¡Qué quieren, se dedican a las disciplinas científicas y abandonan las humanidades!

Al final, cómo no, todas las chicas se enamoran de él y los chicos lo respetan. Les dice que se sienten, y van y se sientan. Les dice que se callen, y van y se callan. Les dice que le llamen señor ¡¡¡y se lo llaman!!! Se conoce que por esos lares no se gasta lo de "seño" o "profe".

La conclusión es obvia: para ser profesor de instituto hace falta ser alto, guapo, haber pasado hambre y fregado platos, ser atractivo, saber boxear, tener voz de barítono y, claro, ser cachas. ¡Con qué complejo me quedo! ¡No cumplo ninguna de las cualidades requeridas! ¿Llevaré veinticuatro años haciendo el canelo? El día que me toque darles clase de boxeo, que al paso que vamos no tardará mucho, del primer papirotazo aparezco en Pernambuco. Según me han contado, así que no puedo asegurarlo, una tal Michelle Pfeiffer ha protagonizado una película semejante, pero en moderno. Su ventaja es que era ex-marine. Así, cualquiera.

En fin, señores dirigentes ministeriales, si siguen empecinados en volver a endiñarnos la LOGSE y malograr la LOCE, ya saben lo que deben exigir a los candidatos en las oposiciones para profesor de instituto: en vez del título de licenciado (para qué servirá eso), que se parezcan a Sidney Poitier o a Michelle Pfeiffer, en este último caso siendo ex-marine, porque, si no, las mujeres no tenemos nada que hacer. Y a los que ya estamos y no cumplamos los requisitos, por favor, nos jubilen cuanto antes. ¡Ah! Y no se olviden de poner hilo musical en los institutos para darles ambientillo.


Blanca García Olmos
Presidente Nacional de APS.